Un cielo nublado cubre la
ciudad a las 3 de la tarde, camina la
doña María josefina, con una extraordinaria
sonrisa que deslumbra las miradas de quienes la observan;
su particular caminar, meneando sus caderas, generan en los hombres de la cuadra, una pasión tal, que entorpecen el andar de los caballeros.
María josefina, necesitaba
esa tarde comprar un kilo de verduras; y dispone salir a comprarla, iba
apresurada, pero sus ansias por querer
llegar a la verdurera, no le quitaba la alegría que la caracterizaba. Ella saludaba gentilmente a las personas que
la conocían, y recibía de parte de sus admiradores, elocuentes versos que sonrojaban las
chocolatadas mejillas de tan hermosa morena.
Al estar en la esquina de
amador (como lo llamaban comúnmente los del barrio); a dos cuadras del lugar de
su destino, se deja escuchar a lo lejos
los ataques incesantes de una guerra, y fuertes
estallidos: vibrantes y resonantes en el tímpano María Josefina; ocasionándole
gran molestia.
María, reacciona
inmediatamente; mira fijamente a la mujer que dejo proyectar tal desacato. Ambas
con ceño fruncido, se miran, y fuertemente caminan una hacia la otra.
En su tránsito al encuentro,
María: levanta su mano derecha, y agarrando un impulso (no acostumbrado), golpea en los grasientos poros de su contrincante;
dejándola sin reacción alguna para el
momento.
La mujer emitiendo un
insulto, cae al suelo, intentando levantarse. María sobresaltada pronuncia
rigurosas y fuertes palabra a la mujer tendida en el asfalto. Josefina no puede controlar sus impulsos, y
procede a seguir golpeando sin cesar el cuerpo de la mujer.
Toda la comunidad, al darse
cuenta del suceso, salen de su cotidianidad para detener a las salvajes mujeres,
que escandalizan la paz de aquel hermoso lugar.
Josefina es tomada por el brazo,
por uno de los señores que fue al encuentro, y ella, forcejeando emite de sus morenos y pronunciados
labios, el dolor que siente por la pérdida del hombre que la amaba:
“Como
es posible que te atrevas a quitarme la tranquilidad que encontré en este
sitio, como puedes venir acá, solo a recordarme que te fuiste con él, no tienen
vergüenza. ¿No te vasto llevártelo?, pero pobre de ti cariño ¿piensas que encontraste la felicidad?, me río en tu cara. Está bien, me lo quitaste, pero ahora te digo la verdad. Antes de
que te fueras con él , yo me entere que estaba enferma, y estaba muy deprimida; allí llegaste tú, a sabotearme la vida, a quitarme la única esperanza que me quedaba, la única compañía;
él no sabía lo que me pasaba, por eso callo en tus redes. ¿Sabes lo que tengo
mamita? SIDA, y él también lo tiene, y si él lo tiene, ¡entonces tú también estas
infectada!”
Todos quedaron absortos ante
la declaración hecha por María josefina.
Al mismo tiempo que ella
terminaba su discurso, la mujer tendida en el suelo no cesaba de maldecir, se
levanta y desgarra con su afiladas uñas, el rostro de josefina; corre
desesperada gritando ferozmente al cielo, perdiéndose en su trayecto.
La comunidad, en silencio, escuchan el llanto de María, que al ver como se aleja aquella que destrozó su matrimonio, cae entre
las aguas cristalinas producidas por la angustia de momento, al mismo tiempo
que las manos tocan el suelo y se ensucian
en la realidad su ser.
Todos se van alejando, dejando en angustia, a la mujer que todos hasta ese momento, consideraban la morena deslumbrante del barrio; nadie queda, solo ella y su otra compañera interna.
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