Piensa
en el comienzo de la vida en esta Tierra: organismos unicelulares que se
dividen y evolucionan; El surgimiento gradual de los peces, anfibios, y
mamíferos, hasta que aparecieron los primeros hombres hace cinco millones de
años; luego los miles de millones de humanos que vivieron poco antes de que
naciera yo. Cada uno de ellos nació; cada uno de ellos murió. Murieron porque
nacieron. ¿En qué difiero de ellos? ¿No sentían que su vida era única como yo
siento que es la mía? Y sin embargo el nacimiento se enlaza a la muerte como el
encontrarse se enlaza con el partir.
Este
organismo milagroso, formado de un número inconcebible de partes
interdependientes, desde las células más pequeñas hasta los hemisferios
cerebrales, ha evolucionado a un grado de complejidad creando una conciencia necesaria para que estas palabras
tengan sentido. La vida depende de mantener este balance delicado, del
funcionamiento de los organismos vitales. Y sin embargo la siento cambiar con
cada pulsación de la sangre que se escabulle en cada respiro.
Soy
testigo de cómo envejecen personas de avanzada edad cercanas a mí, su pérdida
de cabello, dolor en las articulaciones, arrugas en la piel, entre otros. Y comprendo
que la vida avanza momento en momento.
Es
como ir a la deriva en un bote, firmemente río abajo. Miro por la popa,
contemplando el paisaje que se dispersa tras del barco. Estoy tan absorto en lo
que veo, que me olvido que estoy derivando inexorablemente hacia una cascada
que cae cientos de metros.
…
y su momento incierto…
Cuando
trato de voltear para ver qué tan cerca está la catarata, no lo logro. Sólo
puedo ver lo que se desarrolla frente a mis ojos. Puedo ver la muerte de los
otros pero no la mía. Mi tiempo va a llegar también, pero no sé cuándo.
Considera
que aunque las estadísticas nos aseguran que tenemos un buen chance de vivir hasta
una cierta edad “promedio”; Probabilidad que no es certera. No hay ninguna
garantía de que voy a vivir hasta la próxima semana, no digamos varios años
más. La muerte no sólo les ocurre a los otros, ni tampoco cuando quiero,
el
cuerpo es frágil, es sólo carne. Escucha los latidos, la vida depende del
bombeo de un músculo.
Cualquier
cosa puede pasar. Cada vez que cruzo un camino, salgo de viaje, bajo unas
escaleras, mi vida está en peligro. Por cuidadoso que sea, no puedo prever la
distracción del hombre en al auto que se acerca, el colapso de un puente, el
desplazamiento de una falla geológica, el recorrido de una bala perdida, el
destino de un virus. La vida es propensa a los accidentes.
…
¿qué debo hacer?
¿Por
qué estoy aquí? ¿Vivo de forma tal que puedo morir sin remordimientos? ¿Cuánto
de lo que hago es un compromiso? ¿Me la paso aplazando lo que “realmente”
quiero hasta que las condiciones sean más favorables?
El
hacer estas preguntas interrumpe nuestra complacencia en la comodidad de la
rutina y deshace mis ilusiones sobre un sentido de importancia personal
largamente acariciado. Me esfuerza a buscar nuevamente el impulso que me saca del
hoyo y me desvía de los común de mis patrones habituales. Me obliga a examinar
mis apegos a la salud física, independencia económica, amigos queridos. Ya que
fácilmente se pierden; en última instancia no puedo confiarme de ellos.
¿Hay
algo de lo que pueda depender?
Quizás
en lo único que puedo confiar es que voy realizando mi camino conforme a lo percibe
mi corazón; confió en mi intuición que me lleva a la felicidad de mi ser, vivo
cada día como si fuera el ultimo y trato de hacer el mayor bien posible.
Una
reflexión como ésta no te dice nada que no sepas ya: que la muerte es segura y
su momento incierto. El asunto es considerar estos hechos seguido y con
tranquilidad, dejándolos que toquen tu ser, hasta que se despierta una
percepción sensorial sobre su significado e implicaciones en tu realidad.
