Era una tarde lluviosa, el frío
apoderaba los cuerpos de las personas que deambulaban por el centro de una
ciudad, todos pululan en horizontes difusos
sin forma de conexión alguna entre ellos, sumergidos en un Universo de
ideas propias, separándolos de la
realidad presente.
Allí se encontraba Margarita,
mujer de faz lánguida y ojos aponderados de los cuales cualquier lechuza sentiría envidia: falda elegante, flacas piernas, arrugadas por la vejez de
frustraciones malditas en el tránsito de
su vida. Con las mismas, logró trasportarse hasta el lugar donde escapaba
continuamente del bullicio, que ocasionaba el transito constante de una ciudad
plagada de seres errantes.
Al entrar, y sentarse
en sus confortables butacas, sacó lentamente una desgastada cigarrera de los años 80, obsequiada por su antiguo
amante; sutilmente y con gran alevosía coloca entre sus viejos y arrugados
labios el cigarro.
Al tiempo que se deja escuchar la música de aquel lugar, observó detenidamente a las personas que allí se encontraban, tal como acostumbraba hacerlo. Apreció Muchas mujeres de ceñidos y coloridos trajes, hombres de largas y grisáceas barbas, un incesante desfile de copas que rebosan en la atmósfera dionisíaca del momento.
Su mirada se posó sobre los hombros de un caballero: de gran estatura, y con proporciones que complacen los particulares gustos de tan singular fémina.
Al tiempo que se deja escuchar la música de aquel lugar, observó detenidamente a las personas que allí se encontraban, tal como acostumbraba hacerlo. Apreció Muchas mujeres de ceñidos y coloridos trajes, hombres de largas y grisáceas barbas, un incesante desfile de copas que rebosan en la atmósfera dionisíaca del momento.
Su mirada se posó sobre los hombros de un caballero: de gran estatura, y con proporciones que complacen los particulares gustos de tan singular fémina.
Pasados pocos minutos aún
percibe desdibujado el rostro de aquel hombre que ha encantado sus sentidos; Ella con su incesante mirada, cual águila avisa su próxima presa, trastoca la
energía que se mueve entorno de aquel individuo. Él, de pronto reacciona ante la
conexión mística propiciada en su
entorno, y sabiendo que ésta se genera en su espalda, decide voltear
lentamente para entender la situación.
La gran señora, se complace
al saber
que en pocos instantes, podrá descubrir el rostro de quien apodero su
atención en ese momento.
El caballero voltea, la dama ansiosa, y en el trayecto de pocos segundos se deja ver la identidad de aquellos dos seres. Ambas energías se conectan, y en medio de la impresión de saber quiénes son, él, con la vergüenza que abruma su ser: se levanta cabizbajo, y dando trémulos pasos se dirige a la salida que se encuentra justo al lado donde se sienta la dama.
Al pasar junto a ella, lo detiene con su delicado brazo, y se miran fijamente a los ojos; La dama con una lágrima que rosa sus mejillas, balancea su cabeza de un lado a otro en negativo ademan, y el caballero agobiado, se desprende de la sutil mano que un día lo tocó; Margarita quedando sola, recuerda con cigarro en mano los placidos momentos vividos con aquel hombre de los 80.
El caballero voltea, la dama ansiosa, y en el trayecto de pocos segundos se deja ver la identidad de aquellos dos seres. Ambas energías se conectan, y en medio de la impresión de saber quiénes son, él, con la vergüenza que abruma su ser: se levanta cabizbajo, y dando trémulos pasos se dirige a la salida que se encuentra justo al lado donde se sienta la dama.
Al pasar junto a ella, lo detiene con su delicado brazo, y se miran fijamente a los ojos; La dama con una lágrima que rosa sus mejillas, balancea su cabeza de un lado a otro en negativo ademan, y el caballero agobiado, se desprende de la sutil mano que un día lo tocó; Margarita quedando sola, recuerda con cigarro en mano los placidos momentos vividos con aquel hombre de los 80.